lunes, 10 de febrero de 2014

NADA

,, Me marchaba ahora sin haber conocido nada de lo que confusamente esperaba: la vida
en su plenitud, la alegría, el interés profundo, el
amor.De la casa de la calle de Aribau no me llevaba n a d a. Al menos, así creía yo entonces.,, NADA, Carmen Laforet.
  
            NADA
  
         Nada,
         no se llevó nada;
         al menos, asi creía.
No, no quiso llevarse nada
de aquella ciudad ruin,
de aquella calle cenicienta,
de aquella casa sórdida, desquiciada
donde el olor a podredumbre y muerte
traspasaba todo,
las paredes, los muebles, las almas y el espíritu.
          Nada,
          no encontró nada
          de lo que soñaba, de lo que esperaba.
          Nada que no fuera el desamor, la tristeza,
          la desazón absoluta en su sazón,
          la miseria, la frustración y la desilusión.
            Nada,
            no ha quedado nada
            de aquella viva emoción,
            de aquel anhelo de vida,
            o ,quizás, un tremendo vacío
            o, tal vez, una angustia terrible
            y una profunda amargura.
            Nada,
            no se llevó nada
            sino su juventud y su rebeldia,
            la esperanza por un nuevo porvenir
            y el hondo misterio del existir.
      No, no se dejó nada
      vencer por el hambre, la soledad,
      la mezquindad y la desesperación
      porque quería vivir plenamente,
      libre de elegir
      su propio camino, su modo de resistir
      a ser nada,
      a reducir su vida a NADA.

              Nada,
              no se llevó nada,
              pero, ¿era así?

IRINI

martes, 4 de febrero de 2014

LAS HUELLAS DE LA MEMORIA




No es lo mismo marcharse que huir, eso mismo debieron de pensar Marina y Sofía, cuando decidieron quedarse en Estambul aun después de los episodios dolorosos de septiembre de 1955, cuando la comunidad griega fue brutalmente perseguida por una turba enloquecida. De hecho, casi todos los griegos no vieron otro remedio que exiliarse, pero ellas, por razones que quedan por descubrir, no se fueron, sino que optaron por quedarse y año tras año lamentar la ausencia de  Marcos, muerto en esos acontecimientos, a quien no quisieron dejar solo, bajo la tierra inhóspita y fría del cementerio griego. Porque la vida no es siempre bondadosa y las cosas no pasan según lo esperado. Cuando lo pilló esa muerte repentina e imprevista, Sofía apenas contaba con 28 años y si no hubiera sido por su hermana mayor, Marina, no habría logrado salir adelante. Porque no era tan fuerte como para enfrentarse sola a la pérdida devastadora de su marido y al derrumbamiento tan brusco de los sueños que había compartido con él durante su relación y su corto matrimonio. En efecto, juntos habían soñado con una familia numerosa que llenaría sus vidas de tareas bien acogidas y que animaría su casita encantadora, la que habían heredado de sus ancestros, situada en el acomodado barrio de Fener. Poco después de esa decisión, Sofía se daría cuenta de que lo que la ataba con Estambul no era solo Marcos que yacía allí muerto, sino cuestiones más complicadas, que incluso parecían indisolubles.
De ellas no sabía nada hasta que Marcos, mi compañero universitario e hijo de ese Marcos que murió durante dicha noche otoñal tan remota, me comentó que esos episodios de la historia reciente que tan tranquilamente estudiábamos para aprobar la asignatura de la historia contemporánea, habían dejado huellas indelebles en su familia. Así que tomé la decisión de visitarlas, algo reservado e inseguro al principio, es verdad, para conocerlas de cerca y observar con mis propios ojos la cotidianeidad de unas de las pocas personas griegas que no dudaron en permanecer en la tierra que había acabado siendo hostil, para reivindicar su prestigio perdido dentro de la poderosa comunidad  estambuleña. De hecho, quedé en ir a su casa, en aquel barrio en el que habían vivido desde siempre, que lo habitaba, desde antaño, entre otras minorías, la comunidad griega, de la que ahora solo quedaban unas cuantas familias, entre ellas, la suya.
Eran las tres de la tarde cuando salí de la universidad. De veras, no me había dado cuenta de lo agotado que estaba. Vacilé. Por un lado, estaba ansioso por conocerlas y, por otro, por mucho que lo intenté, no llegaba a quitarme del todo de la cabeza la idea incómoda de que quizá mi visita fuera una intrusión en las vidas ajenas de gentes que ya habían sufrido mucho. Entré en una cafetería para tomar un té reconfortante y animarme. Detrás de las ventanas, contemplaba la Plaza Taksim, pero estaba tan pensativo y distraído que no conseguía fijarme en algo en concreto. El cascabeleo de las voces y de las risas dentro del local, al igual que las bocinas de los coches sonaban muy lejanos, mientras el vaivén perezoso de la gente en la concurrida calle peatonal de Istiklal, así como los colores andantes de esa multitud diversa, vestida con vestimentas abigarradas, vaqueros, chilabas árabes o ropa larga y calurosa, junto con los letreros luminosos de las tiendas y de las tascas, el movimiento cadencioso de los autobuses alrededor de la plaza y la mezcla inesperada de colores en el mercado de flores en uno de los extremos de la plaza, ante mis ojos parecían desdibujados, como si los hubiera cubierto un velo brumoso que me impedía verlos con claridad. De repente, el tranvía nostálgico, color rojo granate, que se movía lentamente cargado a tope de gente, partiendo en dos ese hormiguero bullicioso e inmenso, me volvió a la realidad. De prisa, pagué y salí, ya más decidido. No podía retroceder. Marcos me había dado las señas y me esperaban en su casa. Posponer la visita todavía me parecía peor, de modo que cogí el tranvía rumbo a su casa.
Pocas veces había visitado Fener. Me senté cómodamente y di un suspiro. Podría haber cogido el ferry para ahorrar camino, pero me convenía alargar el viaje. Ahora, tardaría más de una hora en llegar, de modo que tendría bastante tiempo para reflexionar y prepararme. ¿Qué iba a suceder? ¿Cómo podría sacar información de esa mujer muda? ¿Justificarían mi visita? No tenía la menor idea. Aún no nos habíamos alejado mucho de Estambul. Asomado a la ventana, admiraba la belleza de los puentes colgantes a lo lejos, las aguas azules y transparentes del Bósforo en las que se bañaba el sol amarillento de la tarde y contemplaba,  aquí y allá, alguna que otra cúpula de una mezquita, alguna que otra bandera turca. Aún se veían los rascacielos de cristal que, bajo la luz intensa, creaban un efecto policromado, dando a la ciudad un aire de capital europea. Sucede que el viajero queda atónito ante dichas bellezas y ante la grandiosidad de esos rascacielos que se lanzan, firmes y erguidos, hacia el cielo, pero nosotros, los lugareños, por muy orgullosos que estemos de esa ciudad, ya estamos hartos de los días ajetreados, de las prisas, de los atascos, de las bocinas y de la tanta concentración de gente. Según nos alejábamos del centro, ya me sentía mejor. El tranvía se movía sosegadamente, parando de repente para recoger a la gente que esperaba pacientemente en las paradas. De vez en cuando se oía algún que otro frenazo brusco o alguna sirena de policía. Ahora ya estábamos en la parte asiática de la ciudad. Según bajábamos, emergían del mar de Mármara cúmulos de nuevas edificaciones, alguna que otra iglesia y cientos de chimeneas, cada una de un tamaño y una forma levemente distinta, que coronaban un conjunto de casas antiguas de madera, poco altas y con ventanas coloridas.
Bajé donde Marcos me había indicado y caminé buscando la casa. Antes de llegar a la manzana donde estaba su casa vi una pastelería. Menos mal, pensé, quería comprar unos dulces para romper el hielo. Nada más entrar, me topé con el rostro sonriente del pastelero, que estaba arreglando el lugar, colocando en la fachada del local cajas destapadas, de varios tamaños y colores, con dulces deliciosos encima, acomodados de tal manera como para que atrajeran a la clientela, así que cestas adornadas con cintas y flores de seda, con dos o tres botellas de vino y unas cajitas de bombones encima, regalos preciosos que no solo llamaban la atención, sino que también decoraban esa misma pastelería. El olor subyugante de azúcar quemada me hizo evocar, como siempre, mi niñez, por razones que todavía no he llegado a determinar, y cambió de súbito mi estado de ánimo. Iba a comprar una caja de esos dulcitos preciosos y todo iba a salir bien. Al fin y al cabo, Marcos me había alabado una y otra vez a sus familiares, a “sus dos madres”, como solía llamar a las dos señoras, y, de todas formas, él estaría allí conmigo. El pastelero interrumpió mis pensamientos, se introdujo sin más ni más, así que me enteré de que se llamaba Telalis y mientras me atendía, comentando que cada dulce no corresponde a todos, sino que a personas concretas, sacó amablemente, sin darme cuenta, de que los dulces iban dirigidos a las dos señoras. Así que al final, no elegí yo los dulces que iban a acompañar nuestra merienda, sino que él colocó, con mucho esmero, unos trozos de baklava con pistacho que desprendían un olor penetrante de miel para la señora Sofía, un pudín de arroz que desprendía olor a limón para la señora Marina y, para Marcos, unos mustachudos marrón rojizos, esos cookies de nueces tan preciosos que huelen a canela, en tres cajitas distintas, que las envolvió, con capacidad destacable, con una hoja de papel ilustrado y alegre y acto seguido me las dio, pidiéndome que les diera a las señoras sus recuerdos. Asenté con la cabeza, tratando de esconder mi sorpresa y nada más darle las gracias, salí de prisa, guardando en la mente su conocimiento aparente de los gustos de las señoras que me costaba explicar.
Ya eran las cinco y media, ahora veía la casa de Marcos, un edificio antiguo de madera de dos plantas sin nada impresionante por fuera, tal como mi amigo me lo había descrito. De hecho, a medida que me iba acercando, me impresionaba cada vez más su estado lamentable, patente en cada esquina y cada rincón. La pintura del vallado estaba deteriorada, en un tiempo debía de haber tenido un color verde de ciprés brillante y llamativo, pero ahora solo quedaba un color verdoso apagado, manchado de lodo y cubierto de musgo a los pies. El color amarillo maíz de la propia casa era tan difuminado que recordaba una acuarela gastada por el uso excesivo de agua al diluir los colores. Si no supiera que allí vivía Marcos con sus familiares, afirmaría que era sin duda una casa deshabitada, abandonada hace años por inquilinos que se fueron de prisa, dejándola desidiosamente a su suerte y condenándola para siempre a esa condición deplorable en la que la veía hoy. De veras, parecía como si alguien hubiera intentado, a propósito, borrarla de la vecindad. Estaba confundido. El jardín, en vez de adornar los contornos del edificio, ponía aun más de relieve su estado decadente. La vegetación exuberante que crecía por todas partes, esto es, arbustos espesos y unos viejos árboles, sobre todo álamos y cedros, parecía ahogar esa misma casa, impidiéndola respirar. Solo las flores vistosas de unas adelfas, esparcidas de acá para allá, discordaban, por lanzarse tan vívidas y cálidas dentro de la imagen desteñida y fría que se desplegaba ante mis ojos. Un columpio en el fondo del jardín, con las cadenas torcidas y enmohecidas, subrayaba la soledad y el desamparo que transmitía la casa.
Respiré hondo para animarme. No tuve más remedio que dirigirme hacia la puerta. Llamé al timbre con firmeza y esperé. De reojo, vi a una mujer de unos cincuenta años, una silueta transparente que se asomó a la ventana agitando levemente las cortinas, para desaparecer enseguida. Fue ella la que abrió la puerta y me saludó sobriamente, dándome su mano, sin articular ni una sola palabra, de modo que entendí inmediatamente que era ella la “princesa muda” del barrio, según la había llamado Telalis, esto es, la madre de mi amigo. Acto seguido, apareció Marcos, acompañado de su tía, Marina, la hermana mayor de la señora Sofía, una mujer erguida y gruesa, sonriente y encantadora, que nos contagió su alegría nada más entrar en la casa. Aparentaba menos de sesenta años, aunque ya contaba con 63 años y en los ojos brillantes que me dieron la bienvenida pronto percibí la tenacidad y la fuerza del carácter, a las que Marcos atribuía el hecho de que las dos hermanas hubieran logrado salir adelante tras los episodios devastadores de sus años adultos. Me condujeron a la salade estar y enseguida las dos hermanas desaparecieron, dejándome con Marcos.
Profundamente afectado por la imagen desolada y repugnante del exterior de la casa, no pude retenerme y comenté más tarde lo asombrado que me había dejado el ambiente acogedor de la casa. “Creo que nunca en mi vida he visto un contraste tan significativo entre imágenes tan cercanas”, dije. La habitación donde habíamos pasado, pintada de un color amarrillo mostaza que daba un calor alentador, relucía con perfecta nitidez y orden. Los colores vívidos de las alfombras viejas acariciaban el suelo y, junto con el fuego recién encendido,  calentaban aun más la casa y hacían  que me sintiera a gusto. De vez en cuanto me sorprendía el crujido de la leña o el ronroneo del gato, recostado cerca de la chimenea. Los muebles antiguos y las arañas colgantes daban un aire aristocrático al salón, mientras unos tapices colgados en las paredes, a manera de adorno, en los que predominaban tonos de beige y de canela, que jugaban con el marrón castaño del tapizado de las sillas y del sofá, relajaban el ánimo e invitaban a la comunicación. Una máquina de coser, otro vestigio de un pasado lejano, cubierta de una tela larga, bordada a mano, complementaba la decoración. Mi mirada se dirigióal cuadro al lado opuesto del sofá y me quedé atónito. No era una pintura, sino la foto de un chiquillo de unos dos años, montado en una bicicleta de niño, con una mano agarrando el manillar y la otra levantada para saludar a alguien que no se veíaen la foto, al que se dirigía, con una sonrisa orgullosa dibujada en el rostro alegre. “¿Es un pariente?” pregunté asombrado a la señora Marina que había vuelto al salón, porque nada más verlo y por razones que no lograba identificar, el niño de la foto me resultaba familiar, su cara en concreto, o quizá su mirada, por muy exagerado que esto suene. Evitó darme una respuesta fija o así me pareció y, algo apresurada, procuró cambiar de tema, preguntándome a su vez si la casa era como la había imaginado. Al mismo tiempo observaba a la señora Sofía mientras preparaba la merienda. Era sobradamente delgada, por lo que se le veía mayor y frágil, una muñeca de porcelana vestida de encajes, de color azul oscuro, como las muñecas de otra época que adornaban la repisa de la chimenea. Su pelo negro azulado, las arrugas finas alrededor de los ojos plomizos y las ojeras marcadas, lejos de afear su rostro, destacaban su delicadeza y reflejaban de manera obvia las adversidades que cruzaron su camino. La veía colocar sobre la mesita baja del salón los cubiertos, el azucarero, la tetera, los vasos turcos de vidrio para el té de manzana, adornados con una franja fina de oro, y los dulces deliciosos, parte inseparable de su rito hospitalario, con movimientos lentos y moderados, como si el tiempo transcurriera a ritmo más lento para ella misma. Era tal su ensimismamiento que ni siquiera se había dado cuenta de que llevaba tiempocontemplándola, mientras fingía estar atento a la conversación amistosa que habíamos entablado la señora Marina, Marcos y yo. Cuando su mirada tímida, al levantarse, se tapó con mis ojos observantes, de repente se ruborizó, volviendo de prisa a su tarea. Estaba distante, pero la rodeaba un aura de bondad y de benevolencia y bajo el rostro tranquilo y apacible que ponía pronto capté, por pura intuición o quizá porque ya sabía algo de su pasado afligido, una melancolía bien disimulada y una tristeza escondida que la consumían silenciosamente. No estaba del todo seguro de que fuera muda. De repente se me ocurrió que no era una incapacidad física lo que la impedía hablar, sino una opción propia que había adoptado por razones que todavía desconocía.
No sabía cómo empezar a preguntarles cosas. Desde mi llegada la señora Marina se había esforzado en romper el hielo y no quería estropear ese clima agradable y cómodo que había logrado crear y me rodeaba gozosamente. Mis dudas me invadieron otra vez. ¿Cómo podría descubrir un punto de vista distinto del mío sobre aquellos acontecimientos de mi historia sin que salieran a flote las viejas heridas de la familia de mi amigo? Desde mi niñez había solo escuchado a mis parientes hablar despectivamente sobre los griegos, pero yo, desde mi primer día en la Universidad, había conocido a Marcos que desmentía todo lo que me habían contado sobre ellos. Lo que me había llamado la atención en primer lugar fue su prudencia y su moderación. No se dejaba llevar por los sentimientos, sino reflexionaba cautelosamente antes de dar su opinión o tomar una decisión. A veces me sorprendía su sentimiento de justicia y de moral, difícil de encontrar hoy día, al menos a edades tan tempranas. Una y otra vez había atribuido esas cualidades suyas a las dificultades que había experimentado, según me había contado, que deben de haber forjado su carácter, dotándolo de una sabiduría propia de gente mayor. Sin embargo, ser razonable y sensato no le impedía mostrarse sensible y considerado e interesarse sinceramente, con una discreción especial, por su próximo, sea griego o sea turco. Tenía una gentileza de corazón digna de elogio y una dulzura en su trato con la gente, propia de quienes han visto muchas cosas, pero saben guardar lo mejor de la vida y salir adelante, sin rencores y sin venganza. Se parecía mucho a su madre no solo en su aspecto físico, siendo erguido y delgado como ella, con complexión pálida, iluminada por los ojos verdes oliva, sino también en su forma de ser: tímido, poco hablador y reservado, distraído a veces y distante como si algo lo preocupara e incluso melancólico, como aplastado por el peso de una calamidad sufrida o de una pena vivida. Cuando me atrevía a preguntarle qué le pasaba, me contestaba que nada y cuando insistía en que desahogara su tristeza sigilosa conmigo, me decía que sentía en el corazón una angustia ardiente y un vacío penoso que lo torturaba, sin poder explicar su causa, que lo impedía sentirse contento del todo y despreocupado.
Al final, todo evolucionó de manera diferente de la que había supuesto. Cuando la señora Sofía terminó con su ritual, nos invitó a tomar el té. Entonces, la señora Marina recordó mi comentario anterior y quiso explicarme el porqué del estado lamentable del exterior de la casa, así que empezó a contarme que tras los pogromos (las persecuciones dolorosas) dolorosos del septiembre de 1955, los turcos no dejaron de perseguir a los griegos de Estambul y de percibirlos con sospecha, y todavía más los que residían en pleno centro. Ellas, viviendo en las afueras de Estambul, tuvieron el privilegio de no estar en el ojo del ciclón, sin embargo, temiendo a que las masacres salvajes no hubieran terminado y que siguiera la expoliación de los bienes de los griegos, porque todo lo recubría una incertidumbre lúgubre y confusa, decidieron dejar la casa a su suerte, con tal de borrarla para siempre de las miradas hostiles de los perseguidores. “Es más, Kemal”, agregó la señora Marina, “la muerte del padre de Marcos en sí supuso no solo uno de los más rudos golpes sufridos por mi hermana, sino también una desventura para ambas, difícil de franquear, porque de la noche a la mañana nos encontramos solas, dos figuras enlutadas al borde del abismo, azotadas sin piedad, con nuestro negocio devastado por completo, al igual que todos los negocios de los griegos, sin recursos en medio de aquel contratiempo y con Sofía llevando a su hijo en las entrañas, aún sin saberlo.” No sé si la señora Marina estaba dispuesta a añadir más cosas en aquel momento, pero no pudo hacerlo, porque la señora Sofía, nada más escucharla hablar sobre los hechos luctuosos de aquella época,  saltó como un resorte y, con el rostro estremecido por la congoja y los ojos más cristalinos que nunca, porque apenas sostenía las lágrimas, salió del salón. Me quedé boquiabierto y con los ojos interrogantes seguí a aquella figura frágil que escapaba apresuradamente y de pronto me di cuenta de que algo todavía más cruel que aquella violencia sin sentido contra la comunidad griega o la muerte tenebrosa de su querido difunto debía de haber dejado heridas indelebles en su alma, que le seguían sangrando, más de veinte años después de que tuvieran lugar. Fue un momento muy incómodo, busqué inquieto los ojos de Marcos y de la señora Marina como apoyo, pero enseguida volvió la señora Sofía, más ensimismada y rígida esta vez, y con las manos casi temblando, sin mirarme directamente, me entregó un diario viejo, con las páginas arrugadas e incluso rotas, por el transcurrir del tiempo o quizá por el mucho leer y, acto seguido, se dirigió a su silla y se sentó, así de repente, sin más ni más... Incapaz de pronunciar ni siquiera una palabra, apreté el diario fuerte contra mi pecho, sin poder contener la conmoción que recorría todo mi cuerpo. Fiarse de mí era el primer paso y eso sí, había logrado darlo. A partir de aquel momento, no me acuerdo de nuestra conversación con mucha nitidez. Porque, como si nada hubiera ocurrido, nos desviamos del pasado espinoso para volver a cuestiones ligeras y menos complicadas de nuestra cotidianeidad hasta que el sol empezó a caer y entonces me puso de pie, me despedí y me fui.
El viento fresco que me sopló en la cara al salir, así como el olor tierno de la tierra humedecida, entremezclado con el humo de las chimeneas y las fragancias que venían del mar, me sorprendieron agradablemente. Cogí un taxi para regresar a casa cuanto antes. Por las ventanillas del coche contemplaba sin pensar las sombras del paisaje que corrían rápido, algún que otro perfil difuminado de mezquitas y los colores apagados de un atardecer apacible y quieto que se apresuraba a dar su lugar a una noche melancólica y misteriosa. A lo lejos,  resonaba la voz del almuédano que llamaba a la oración. No estaba seguro del todo de que estaba listo para descubrir verdades descarnadas aquella noche, sin embargo, nada más volver, encendí todas las luces de mi sala de estar, me acomodé en el sofá y empecé a hojear el diario pesado, leyendo renglones sueltos e intentando descifrar palabras manchadas por las lágrimas:

“7 de septiembre de 1955. No quiero ver más la luz del sol. No quiero vivir más en esta tierra despiadada. Estoy desesperada. Amor mío, te pusiste delante de mí para protegerme, cuando entraron en nuestro negocio, animales salvajes con aspecto feroz, para derrumbarte enseguida herido por sus balas frías en mis brazos, derramando ríos de sangre. Estoy viva solo porque me pensaron muerta, cuando me vieron arrastrada por tu peso en el suelo, desmayada por el horror. ¿Por qué no me dejaste morir contigo? Quitaron toda la ropa de las estanterías, donde la colocábamos, día tras día, con tanto esmero y la arrojaron toda al suelo, rompiendo los escaparates al salir, con cólera descabellada. No entiendo nada. Lo destruyeron todo a su paso, sin piedad y sin escrúpulos. Con pintura habían señalado todas las casas y los negocios griegos para atacarlos luego e incluso encenderlos. ¿Cómo no nos habíamos dado cuenta? Cuando pude salir en la calle temblando de miedo, me costó reconocer nuestra Estambul: trozos de cristales disparados por todos lados y una alfombra que cubría la calle Istiklal desde un lado al otro de objetos abigarrados, ropa pisoteada, adornos destrozados, comida pisada, muñecos decapitados. Y cuerpos humanos inertes, envueltos por una nube asfixiante, apilados en rincones tenebrosos.... Pesadilla de gritos y de gemidos de pena. He visto todos los terrores del mundo en un solo día. Con el corazón sollozando y los ojos sobresaltados, cariño, te estoy preguntando cómo puedo seguir sin ti. No sé cómo afrontar este espanto, ahora que no estás. Mi voz ya no sale por tanto llorar. Dolor infinito...”
“9 de septiembre de 1955. Indignación. Esta es la palabra que define mi estado de ánimo hoy. Indignación porque no han respetado nada. Indignación porque me privaron de mi querido, obligándome a vivir en adelante una vida vacía. Indignación y repugnancia por este estadillo absurdo de violencia... Y miedo. Miedo porque ya no estás. Miedo porque no sé lo que tiene en la mente esa gente desalmada que nos atacó. Miedo porque no sé hasta qué punto le va a conducir el nacionalismo irracional...”
“28 de septiembre de 1955. Estoy embarazada. Hoy me enteré de que daré a luz gemelos a finales de abril. Hijos de primavera en un mundo de tenebrosidad invernal. Soñábamos juntos con un hijo, que complementara nuestra felicidad. Pero ya no hay felicidad. Tras el saqueo, no hemos ido otra vez a nuestro negocio. Los ojos no soportan ver de nuevo este lugar odioso donde te caíste muerto. Estamos en apuros. ¿Cómo sobrevivirán estas criaturas inocentes? ¿Cómo crecerán desprovistas del amparo de tu amor y de tu presencia? Estoy preocupada. Me invade el miedo...”
“14 de enero de 1956. Mi alma no se alivia. No es verdad que las heridas se curen con el paso del tiempo. A veces tu ausencia es insoportable. Hago cosas innecesarias, llevo horas seguidas engalanando la casa con detalles inesperadas, para guardar la mente ocupada a lo largo del día, pero los hijos que llevo en las entrañas me recuerdan a ti en todo momento. Y ya no cuento con el calor de tus abrazos alentadores y de tu cariño que me abrigarían en la tempestad. Mis días se han vuelto tristes y oscuros...”
 “17 de mayo de 1956. Bendita maternidad. No existe momento más bello que el que uno lleva en los brazos a su hijo. Y es doble la alegría si son dos las criaturas frágiles que salen de su vientre. Ojalá que todo sea distinto desde hoy...”
 “12 de junio de 1956. Todo va de mal a peor. Es muy duro contarse entre una minoría venida a menos. Nuestros medios son escasos. Un trozo de tierra en nuestro jardín, un huerto de mala muerte, nos proporciona la comida. Siento que mis fuerzas me fallan. No nos alimentamos bien, los niños intuyen nuestra angustia y están quietos. Marina intenta animarme. Nos pusimos a coser en casa. No tenemos más apoyo que el de Telalis, nuestro vecino de toda la vida. Solo en él confiamos, no nos traicionó ni siquiera en los acontecimientos de septiembre, pese a que es turco. Es un buen hombre. A la menor oportunidad nos manda alguna que otra barra de pan, recién horneada o algún dulce, inventando pretextos para que no nos sintamos incómodas. De vez en cuanto nos manda a gente para que le arreglemos ropa, así que hemos empezado a tener una clientela minúscula.”
“23 de julio de 1956. No merezco que me llamen madre. Una madre se supone que da su vida por su crío y yo te he entregado en adopción. Ahora tus ojos brillantes relucen los días de otra madre, otros dedos acarician la piel sedosa de las mejillas y tu sonrisa fosforescente calienta el seno de otra familia. ¿Cómo he podido convertir la vida que me regalaste en muerte? ¿A qué vida tengo que refugiarme ahora para no sentir? ¿A qué vida tengo que escapar para no sufrir? Porque la mía es un infierno, lleno de fantasmas y remordimientos. Desierto en el alma. Y va apagándose mi corazón...”
“25 de agosto de 1956. “Lo único que me aligera el peso de la separación es que la criatura esté en manos de buena gente. En lo sucesivo, Telalis y su mujer, que no han podido tener un hijo, por mucho que lo quisieran, se harán cargo de mi niño y le ofrecerán la vida que yo no era capaz de ofrecerle. Fue él quien nos respaldó también en la burocracia enrevesada de la adopción.”
“18 de mayo de 1957. Ismael, hijo mío, tu ausencia resulta más dura de lo previsto. Ahora estoy sufriendo dos pérdidas. De la tuya solo yo soy responsable. Marcos, el hermano del que te privé, disfruta de mi amor y de mis caricias. Pero guardo en el alma un pedacito de mi afecto solo para ti, aunque nunca podrás gozarlo. Hijo, no sé si me vas a entender alguna vez y perdonarme. A veces uno se ve obligado a tomar decisiones irremediables. Pero la necesidad no expía la culpa, tampoco alivia la carga del sufrimiento. Entonces uno no quiere hablar más palabras y se retira al silencio para siempre, un silencio infinito y frustrante, como el luto...”.
            “25 de septiembre de 1958. Estoy padeciendo una depresión insistente que se niega a moderar, como un barnizado implacable. De tiempo en tiempo veo a Ismael. Telalis me ha dado una foto suya. Está en su bicicleta de niño y se le nota la felicidad. La voy a enmarcar para colgarla en el salón. De esta manera lo sentirá más cerca. A veces pienso que aquella decisión solo desgracias y dolor me ha acarreado. En algún momento tendrá que hablar a Marcos. ¿Cómo me atreveré a hacerlo? ¿Es posible que entienda mi conducta? Nunca encontraré la paz...”
           
Casi oía su voz lastimosa, llena de angustia, aunque nunca la había oído hablar. Y ya no veía claro, se me habían enturbiado los ojos. Cerré el diario con decisión, no aguantaba saber más detalles de aquella historia triste en aquel momento. Se me habían desvelado de un golpe verdades morbosas, silenciadas durante años y no estaba preparado para soportarlas.
            Poco después de mi visita a la casa de Marcos, de golpe perdí todo rastro de él. Tras que faltara a clase tres veces seguidas, intenté ponerme en contacto con él, lo que resultó imposible. Por encontrar su móvil apagado a todas horas, se me ocurrió que ya se había enterado de la existencia de su hermano gemelo. Quizá aquel encuentro otoñal en la casa decrépita de las señoras hubiera puesto en marcha un proceso aplastado sigilosamente durante años. De ahí que no tuviera más remedio que esperar. Cuando apareció unas semanas después, me pareció cambiado. De hecho, se le notaba más delgado y andaba lento, desalentado, con pasos pesados, como si los pies no pudieran aguantar el peso de su propio cuerpo, con los hombros encogidos y con los ojos, de un verde más cenizoso de lo habitual, más pensativos y tristes. A veces parecía no darse cuenta de mi presencia cuando lo saludaba desde lejos y mi mirada furtiva lo había sorprendido, una y otra vez, distraído y tenso. Por lo que evité hablar con él en directo y tampoco me atreví a sentarme a su lado en la clase.
Durante las vacaciones de Navidad, me encontré por casualidad en su vecindad. Los reconocí enseguida. Paseaban despacio por la calle fuera de su casa. Dos figuras que iban desdibujándose bajo los colores cambiantes del atardecer, marcadas por episodios sombríos de la misma historia, dos figuras que durante años seguían caminos diferentes en el mismo trozo de tierra pero acabaron caminando juntos, el uno al lado del otro, desahogándose el uno con el otro, con compresión impulsiva y paciencia contagiosa, porque eran hermanos, hermanos de sangre, hermanos de corazón...

(Relato de Jrisula Xenu para la clase Taller de Escritura – 10/1/2011)



domingo, 19 de enero de 2014

Palabras cerradas como semilllas inspirado en La identidad. Elena Poniatowska

"y seguimos…hilvanando palabras cerradas como semillas…porque íbamos de subida-casi siempre se va de subida-"


PALABRAS CERRADAS COMO SEMILLAS

Palabras cerradas como semillas
donde late la vida,
donde palpita el amor,
donde anida la creación
y la naturaleza.
Palabras cerradas como semillas
que cantan,
que suben y bajan
de un soplo los túneles del corazón,
que sirven para hilvanar ideas,
para tejer sueños.
Palabras cerradas como semillas
que derrumban muros,
que construyen puentes, amistades,
que hacen florecer el amor,
la solidaridad, la paz ,la hermandad.
Palabras cerradas como semillas
que cobran vida,
que crean vida,
que nacen sin cesar
inesperadas, sencillas.
Palabras cerradas como semillas
que repiten al infinito
el nombre que se quiere oír.

Poema hecho al alimón.
Irene y Stella.
Atenas 9-1-2014

viernes, 17 de enero de 2014

DERROTAS

Todas las derrotas que nos formaron
las frustraciones que desafiaron nuestros límites
los fracasos que araron nuestros jardines más secretos
los frutos de los momentos agrios y ásperos
las memorias indeseadas
el pasado exiliado
son el rescate que pagamos al tiempo
una herencia de conocimiento amargo
de experiencia madurada entre abismos y tempestades
viaje de un acróbata entre la excitación y los peligros.
Ahora, mientras avanzamos dentro de la aceptación,
en la dulzura del consentimiento y de la tolerancia
escuchamos a veces la música lejana del pasado
con todos sus tesoros y sus robos
sus flores y sus espinas
y si todo es un aprendizaje largo de una vida corta
ya sabemos de alguna manera cómo buscar
entre las ruinas y el caos
las columnas estables para sostener nuestros deseos
entre los rencores y las traiciones
la fuerza de perdonar y ser perdonado
entre los gritos y las lágrimas
las aguas claras donde nos bañaremos en otros mares
entre las oscuridades y la confusión
mariposas de luz volando
entre las heladas y la desolación del invierno
el florecimiento persistente de la primavera
y el éxtasis incansable de un verano eterno.


Soula Tsilfidou

martes, 17 de diciembre de 2013

Creo en ti

Creo en ti, mi amor.
“Quisiera tener la certeza de que te voy a ver mañana y pasado mañana y siempre en una cadena ininterrumpida de días”. Elena Poniatowska (El recado).
Creo en ti, mi amor,
porque eres el camino ,
nuevo cada día,
claro como el agua.
Creo en ti, mi amor,
porque eres un buen lugar,
el paraíso infinito
de los sueños y de  la fantasia.
Creo en ti, mi amor,
porque eres como el azar,
un instante mágico,inexplicable
poderoso con voluntad propia.
Creo en ti, mi amor,
porque eres  la lucha pura
sin vencedores ni vencidos,
la  pasión sin tregua.
Creo en ti, mi amor,
porque eres la esperanza,
el olvido de la soledad,
el motor de la vida y de la historia.
Creo en ti, mi amor,
y escribo tu nombre en mi alma,
nadie y nada lo borra
ni el tiempo ni la distancia.

Todo está hecho de amor.

Stella, 26-11-2013.

EJERCICIO POETICO

ATENAS



Yo nací con la luz de su historia,
nací con alma de libertad,
he nacido para gozar y sufrir,
saber y arder de amor,
y me fui lejos de mi ciudad.
Atenas,rinconcito
donde hacen maravillas
tu gente,tu cielo,tu mar.
Atenas,pedacito
de tierra que sabe resistir y luchar.
Atenas,son tus heridas
templos sagrados de ayer.
Atenas,vibra en mi ser,
algún día hasta tus entrañas
tendré que renacer.

STELLA,18-10-2013

lunes, 23 de septiembre de 2013

Luis Cernuda en 2013

El día 21 de septiembre Luis Cernuda cumplió... 111 años!
La siguiente presentación del poeta y la traducción del poema ¨El indolente¨ se publicaron en el blog de la revista literaria ¨Entefktirio¨,como homenaje en el poeta.
Recordemos que el año 2013 se cumplen 50 años de la muerte del poeta.


Λουίς Θερνούδα, «Ο νωθρός» 


παρουσίαση και μετάφραση: Χρήστος Σιορίκης




Ο Λουίς Θερνούδα (Luis Cernuda) γεννιέται στις 21 Σεπτεμβρίου 1902 στη Σεβίλλη. Ανήκει στη λεγόμενη γενιά του ’27 της ισπανικής ποίησης, μαζί με ποιητές όπως ο Λόρκα, ο Αλμπέρτι, ο Γκιγιέν. Σπουδάζει νομικά στη Σεβίλλη και παρακολουθεί τα μαθήματα λογοτεχνίας που παραδίδει ο καθηγητής και ποιητής Πέδρο Σαλίνας, ο οποίος τον στηρίζει και ενθαρρύνει την ενασχόλησή του με την ποίηση. Ο Θερνούδα, μέσω του Σαλίνας, έρχεται σε επαφή με τη γαλλική λογοτεχνία. Σημαντικός συγγραφέας γι’ αυτόν αποδεικνύεται ο Αντρέ Ζιντ, καθώς η επαφή με τα έργα του βοηθά τον Θερνούδα να συμφιλιωθεί με την ομοφυλοφιλία του. Το 1928 ο ποιητής μετακομίζει στη Μαδρίτη, όπου έρχεται σε επαφή με τους λογοτεχνικούς κύκλους της γενιάς του. Κατά τη διάρκεια του Εμφυλίου, ο Θερνούδα συνεργάζεται με επαναστατικά περιοδικά και ραδιοφωνικούς σταθμούς. Το 1938 αυτοεξορίζεται από την Ισπανία για να μην ξαναγυρίσει ποτέ πια. Το αίσθημα της εξορίας ―όχι μόνο, στενά εννοούμενο, από την πατρίδα― είναι διαρκές στην ποίηση του Θερνούδα. Ο ποιητής διδάσκει κάποιες περιόδους στο Πανεπιστήμιο της Γλασκώβης, με θέση λέκτορα της ισπανικής γλώσσας, κατόπιν στις Ηνωμένες Πολιτείες και αργότερα καταλήγει στο Μεξικό, όπου και μένει μέχρι το τέλος της ζωής του, το 1963.

Χαρακτηριστικοί τίτλοι συλλογών του είναι «Η κατατομή του αέρα» (1927), «Εκεί που κατοικεί η λησμονιά» (1932), «Η απόγνωση της χίμαιρας» (1962). Πρέπει να σημειωθεί ότι κατά διαστήματα ο Θερνούδα εκδίδει το σύνολο του έργου του, αναθεωρημένο, κάτω από τον τίτλο «Η πραγματικότητα και η επιθυμία» (La realidad y el deseo). Το δίπολο αυτό αποτελεί και ένα από τα κλειδιά για την προσέγγιση και κατανόηση της ποίησής του.

Στην Ελλάδα αφιερώματα λογοτεχνικών περιοδικών στον ποιητή έχουν γίνει από τον «Εκηβόλο» (τ. 10, 1982) και το «Πλανόδιον» (τ. 22, 1995), ενώ υπάρχουν μεταφρασμένα δύο βιβλία του από τις Εκδόσεις Ίκαρος, «Παραλλαγές πάνω σε ένα μεξικάνικο θέμα» (1994) και «Όκνος» (2001).  





El indolente

Con hombres como tú el comercio sería
Cosa leve y tan pura que, sin sudor ni sangre
De ninguno comprada, dejaría a la tierra
Intactos sus veneros. Pero a tu pobreza
El comercio podría allanarle un camino.

Durante las tardes meridionales del verano,
A través de una clara ciudad, solas las calles,
Llevarías en cestillo guirnaldas de jazmines,
Y magnolias, por un nido fragante de hojas verdes
Oculto su blancor, como alas de paloma.

Tras de las rejas bajas, si una mujer quisiera
Para su gracia oscura tal vez la fresca gala
De una flor, y prenderla en su pelo o en su pecho,
Donde ha de parecer nieve sobre la tierra,
Una moneda a cambio dejaría en tus manos.

Así, al ponerse la tarde, tú podrías
De un vino trasparente beber el calor rubio,
Mordiendo la delicia de un pan y de una fruta,
Y luego silencioso, tendido junto al río,
Ver latir en la honda noche las estrellas.





Ο νωθρός

Με ανθρώπους σαν εσένα το εμπόριο θα ήταν
Πράγμα ελάχιστο και τόσο καθαρό που, αγορασμένο
χωρίς ιδρώτα ούτε αίμα κανενός, θα άφηνε στη γη
Ανέγγιχτες τις φλέβες της. Αλλά στη φτώχεια σου
Το εμπόριο θα μπορούσε να ανοίξει ένα δρόμο.

Τα νότια μεσημέρια του καλοκαιριού,
Μέσα από μια πόλη ολόφωτη, άδειοι οι δρόμοι,
Θα κρατούσες σε καλάθι στεφάνια από γιασεμιά,
Και μανόλιες, από μια ευωδιαστή φωλιά πράσινων φύλλων
κρυμμένη η λευκότητά τους, σαν φτερά περιστεριού.

Πίσω από τα χαμηλά κάγκελα, αν μια γυναίκα ήθελε
Ίσως για τη σκοτεινή της χάρη το δροσερό στολίδι
Ενός λουλουδιού, να το πιάσει στα μαλλιά ή στο στήθος της,
Όπου θα ’μοιαζε χιόνι πάνω στο χώμα,
Ένα νόμισμα για αντάλλαγμα θα άφηνε στα χέρια σου.

Έτσι, πέφτοντας το σούρουπο, θα μπορούσες εσύ
Από ένα διάφανο κρασί να πιεις τη χρυσαφένια ζέστη,
Δαγκώνοντας την απόλαυση ενός ψωμιού κι ενός φρούτου,
Και μετά σιωπηλός, ξαπλωμένος δίπλα στο ποτάμι,
Να βλέπεις να πάλλονται στη βαθιά νύχτα τα αστέρια.

sábado, 29 de junio de 2013

LA POSTAL

LA POSTAL



“El mundo solo por el cielo solo …..Cielo desierto…Estoy con las manos vacías en el rumor de la desembocadura….Lo que importa es esto: hueco. Mundo solo.” F.G.Lorca, Navidad en el Hudson.Poeta en Nueva York.

Al abrir la puerta de la habitación me encontré con una postal sobre la mesa. La cogí inmediatamente y miré su dibujo: era un desierto inmenso, el desierto de Atacama, así lo verifiqué dando vuelta la postal. Aparecía mi nombre escrito a mano, un sello chileno, sin más palabras, ni remitente. ¿Quién me la había enviado? pensé intrigada. Quizás un amigo que viajaba por Chile…., un admirador secreto…alguien que quería compartir conmigo aquel desierto sin decir nada más.

Permanecí inmóvil, pensativa durante unos segundos, contemplando la tarjeta en mis manos. El paisaje era una llanura árida de color  arena, ocre, en pleno contraste con el azul profundo del cielo chileno. No me era algo familiar, y como nunca había visitado Chile me pareció algo distinto.

De golpe imágenes y palabras brotaron de mi alma como si hubieran estado esperando allí  siempre. Recordé entonces una presentación sobre Chile que hice en el Instituto en mis primeros años,  mis estudios sobre la obra maestra de Kazantzakis, Ulises, traducida por el profesor chileno Castillo Didier, las inolvidables horas de poesía y de literatura que habían cambiado mi vida. Un mar de nombres empezaron a desfilar por mi mente: Roberto Bolaño y José Donoso, Gabriela Mistral, Pablo Neruda y Vicente Huidobro, Nicanor Parra y Oscar Hahn…Versos predilectos sumergían sin orden , y yo indefensa, me hundía poco a poco en un abismo de impresiones, las que forman parte de la red , que la vida teje alrededor de cualquier hombre.

La postal emanaba una sensación de tristeza y de felicidad inexplicable que me había penetrado, y no podía definir exactamente lo que era, porque no existían palabras para describirla.

Una voz interior me estremeció:-La postal no importa más, la verdad es que tampoco importa mucho constatar ahora la exactitud de todas esas evocaciones. Lo único que importa es el secreto que intuyes, que la postal te ha transmitido.

No sé por cuánto tiempo me mantuve así, en este agobiante silencio, con los párpados cerrados, sintiendo todavía la postal en mis manos. Sé que entre ella y yo se había establecido una comunicación sin parangón, un hilo invisible, una existencia peculiar. No podía huir de esta misteriosa tarjeta, ni siquiera había un rincón en el mundo donde yo podría esconderme, me entristecía y me maravillaba al mismo tiempo.

De repente vi que este  desierto, no era un desierto, sino la soledad y el abandono en los ojos de unos pobres mineros, de rostros quemados y de mirada agotada, que van trabajando sin cesar para ganar el pan de cada día, que durante siglos van pisando un suelo estéril, desde el desierto hasta la cordillera, que no descubren horizontes nuevos ni paisajes nuevos, sino, el destino del hombre sobre la tierra.

El desierto desapareció por completo y el cuadro se amplió.  Otra imagen más dolorosa me invadió: la soledad de un niño enfermo, víctima de un cáncer que le había paralizado todos sus miembros. Escuché una voz infantil que decía:-¡No! No soy un niño, soy una persona mayor como vosotros, puedo entrar en la nave espacial sin anestesia. El equipo de IRM* le parecía una nave espacial y la tomografía sería su viaje a través de la galaxia. Con sus ojos inocentes miraba a sus enfermeros, sus amigos en este vuelo solitario, a los que tanto confiaba y les dijo con el coraje de un héroe:-Sin brazos y sin piernas mi cuerpo parecerá un cohete y vosotros seréis las estrellas. Y continuó con el mismo espíritu:-No tengo miedo ni de la oscuridad ni de la distancia que nos separa porque mi cohete tiene una luz que iluminará mi camino y además su velocidad será tan grande que  me acercaré a cada estrella, a cada uno de vosotros, en un abrir y cerrar de  ojos.

La postal se había convertido en una gran herida por donde vertía toda la soledad del hombre. Imágenes de una humanidad sufriente, desesperada, humillada me perseguían como mendigos. ”Agonía, agonía, sueño, fermento y sueño….Este es el mundo, amigo….y la vida no es noble, ni buena, ni sagrada.”(1) No quiero llorar mi pena como el poeta, sólo quiero vivir en silencio y unir mi soledad con la tristeza  del Mi cuerpo pierde peso.-¡No! No estoy soñando, estoy despierta ante vosotros, ante vuestra soledad contemplo mi cuerpo, mi propia soledad y , sin brazos y sin piernas mi cuerpo parecerá un cohete y vosotros seréis las estrellas de estas noches despejadas sobre el desierto humano.

Todo se ve claramente ahora: la tierra sedienta, la cordillera a lo lejos, como un gesto de oración  al  cielo, ni un árbol, ni una flor, ni siquiera una sombra. No hay vida en esta postal. Es tierra abandonada. Monotonía. Y sólo el silencio es el que habla con las estrellas.

”Sólo con el corazón se puede ver bien, lo esencial es invisible para los ojos”(2)

¿Quién realmente se interesa por la verdad de las cosas? ¿Quién realmente comprende la condición del niño enfermo, del obrero sin trabajo, del emigrante sin patria, del hombre sin refugio, sin apoyo, del hombre perdido en el desierto de nuestro tiempo, de la economía inhumana? Somos números según las estadísticas, no estrellas. Afortunadamente hay otra realidad ajena a la de los números, más humilde, más humana, la que llamamos compasión, solidaridad, amor por el prójimo, que nos sostiene en esta vida y es única para cada uno .Es la oportunidad de encontrarnos y conocernos, de formar parte de la comunidad y de convivir como  estrellas en el cielo.

En lo que se refiere al remitente de la postal, todo es incierto. Es igual como cuando una pareja enamorada empieza a conocerse, porque ante todo se desconoce. Así, empecé a conocerte, a través de tu prolongado silencio. Tú me elegiste como tu tácito confesor, me dejaste entrar en tu mundo de interminable quietud y desesperanza, para que mis ojos se abrieran más allá, y me enseñaste que a veces el terreno más yermo puede florecer y que de la herida puede nacer el amor y la amistad. Tu postal anónima, tu obsequio irrepetible, fue una sorpresa para mí como el amor mismo, una lección que me hizo reconocer no sólo nuestros límites , sino, entender que los compartimos. Soportamos nuestra soledad porque nos necesitamos.

Al abrir la puerta de la habitación me encontré con una postal sobre la mesa. La cogí inmediatamente y la miré. Era el desierto de Atacama, pero era un desierto florido esta vez .Era el milagro de la naturaleza: la tierra arenosa se había convertido en una alfombra de flores de todos  los colores. El desierto florido es un fenómeno esporádico, no muchos conocen su existencia. Semillas y bulbos en estado latente germinan al llegar la primavera y el desierto florece como nunca. En la postal aparecían unas palabras escritas a mano que decían: ”cuando se arranca una flor , ésta ya está perdida para el desierto”.

Sonreí y pensé: Como el amor, la flor que crece en el desierto es distinta, no puede florecer en ningún otro lugar.

*IRM: imágenes por resonancia magnética.
(1)Oda a Walt Whitman. Poeta en Nueva York de F.G.Lorca.
(2)El Principito de Antoine de Saint­ Exupéry.

STELLA KIRKOU PANAGOPOULOU


[CUENTO PRESENTADO EN EL CONCURSO DE CUENTOS DĺA E, INSTITUTO CERVANTES 2013]

viernes, 28 de junio de 2013

CARTAS GOLONDRINAS


            Amaneció un día azul y gris, un día de plomo. Una frase daba vueltas repetidamente en su cabeza: “la vida se quedó en vela”. Era un sueño algo extraño. ¡Un piano vibrando solo en un desierto! Y la música, tan penetrante, tan tenaz, le había atravesado todos los poros de su cuerpo hasta los tuétanos, resonando fuertemente en su oído. ¿Puede haber música donde casi no hay vida? El paisaje evocaba algo lejano, pero no tanto. Pasó la mañana tocando el piano. Aquella melodía se había vuelto casi una obsession. Luego, bajó a coger el correo. Había una carta para él. Al leerla se dió cuenta de que era una carta de amor, muy apasionada. Fue la primera sorpresa.
            Esa noche soñó el mismo sueño, pero esta vez no vió sólo el piano, sino, además, una bandada de pájaros volando sobre el desierto. No pudo pegar ojo. Era ya madrugada. Se levantó y fue directamente al piano. Tocaba la melodía del sueño. Mientras golpeaba el teclado, Alberto recordó que su padre, años atrás, había hecho una investigación sobre el desierto de Atacama. Entonces, ¿sería aquel  desierto  que había soñado? Lo buscaría para asegurarse. Antes fue para el correo. Otra carta lo esperaba.
            Entró en el “cuartito azul”. Lo llamaba así porque era como el cuarto de los sueños, de los recuerdos, donde duerme la memoria, donde duerme la poesía. Allí guardaba las cosas de sus padres. Encontró la carpeta y las fotos. ¡Está clarísimo!, exclamó, ése es el desierto. Lo que más le impresionó era algo subrayado: “Por el cielo se pueden ver en ciertos períodos pájaros marinos que atraviesan el desierto en busca de un lugar propicio para la incubación. Entre el septiembre y el noviembre, se produce el bello fenómeno del  desierto florido en los años de demasiada pluviosidad”.
Se quedó pensativo. ¡Atacama, un paisaje lunar, arquitectura huraña y desierto florido!, exclamó. Miraba las fotos. En una, sus padres y otras dos personas. En la carpeta encontró algo que le asombró: un papel pautado. Sí, una partitura con este título: Suite del desierto de Atacama. En la página de atrás leyó: “Voz insufrible diseminada/ sal substituida/ ceniza, ramo negro/ en cuyo aljófar aparece la luna/ ciega por los corredores de cobre/.”
            Tomó el papel y fue al piano. Su madre, pués, que era también pianista, pensaba componer una Suite del desierto florido. No, intentar a estas alturas -reflexionó- averiguar los motivos de su inspiración, sería una tarea vana. La verdad es que tampoco importa mucho constatar ahora la exactitud de todas esas evocaciones que provoca en mi alma. Pero, lo que sí importa es salvar del olvido la partitura, infundiéndole nueva vida. Tocó los primeros compases. ¡Sí! Su madre le pedía concluir la Suite inacabada. El sueño era significativo, una premonición, o un preludio, acaso.
            Noche mineral, estrellada, y la luna como una perla va por el cielo. Ni una sola voz se escucha; sólo el viento bramando. Arriba, los pájaros, y abajo, la noche oscura, oro, salitre, carbón… Vagaba su pensamiento mientras tocaba el piano. Sí, la música late incluso allí, donde la vida parece imposible o invisible, y florece. Duerme en las entrañas de la tierra, dentro del metal, vaga por el aire, esperando alguien que la despierte. La música del desierto árido, duro, huraño, tan poco hospitalario, misterioso, extraordinario y sorprendentemente maravilloso, pedía ser escuchada. La danza de los metales, de los pájaros, del viento, de la lluvia, de la luna, de la arena, de las flores, pero también de los hombres que se perdían en los socavones del infierno para sacar a la luz el metal, con la pala, con el pique indagando el útero de las tenebrosas minerías (sacó salitre del martirio, extrajo lágrimas del suelo), se figuraba en aquella partitura. Esos elementos bailaban como sombras, vagaban por el aire como visiones errabundas. Estaba en vena. Tocó hasta muy tarde. “Se cumplió el destino”, murmuró.
Aquella noche durmió tranquilamente. Amaneció de buen humor, estaba muy alegre. Se cebó un mate y se puso a trabajar. Componía y tocaba la mañana entera. Tuvo la sensación que encontraría algo más. Así fue. Otras dos cartas y un CD esta vez. Lo escuchó. Eran tangos. ¿Quién le enviaba aquellas cartas de amor y el CD?
Pasaron dos días sin nada especial. La Suite estaba casi terminada, faltaba sólo el final. El tercer día tuvo una corazonada y bajó muy temprano a ver si había algo. Se topó con el cartero, cogió el paquete y salió. Al abrir el sobre, no creía lo que veían sus ojos: la misma foto, aquella en la Atacama florida con las mismas personas.
Cuando regresó a su casa escuchó  otra vez el CD. Su instinto le decía que las canciones eran el hilo conductor hacia el camino de la revelación. Había un mensaje oculto ahí y era preciso descifrarlo. Apuntó los títulos. De tango a tango vamos atando cabos, dijo a sí mismo. Pero, ¡carajo! Esos tangos interpretarían el sábado LOS MALEVOS, el conjunto musical donde cantaba y bailaba Rosario, su novia, en el Cafetín “El Choclo”. Allí descubrió que el cartero era el hermano de Rosario, Enrique, el cineasta que planeaba rodar un documental sobre la Atacama...
- Sí, le dijo Enrique, yo soy el misterioso cartero, el que te mandó las cartas golondrinas, como las llamas vos. Mi padre -el de la foto- amigo íntimo del tuyo, me las dió y él me habló de la investigación. Son de tus padres, son el testimonio de su amor.
Alberto le habló de la Suite y Enrique se entusiasmó. Esa sería la música de la película ¡Qué noche tan maravillosa! Noche de ilusion y de pasión.
Amaneció un día de sol radiante. Terminó la Suite y empezó a componer un Nocturno también. A eso de la tardecita vino Rosario.
- Vení, le dijo. Y subieron a la azotea. Puso el CD. La cogió de la mano y empezaron a bailar contra el ocaso anaranjado y violeta. Se entregaron al baile largo rato, hasta que los colores del crepúsculo se fueron apagándose, desvaneciéndose en la lejanía. Quedaron así abrazados sin hablar. La música, el silencio …el amor.
- Siento, sueño, luego existo, meditó Alberto. Además, ¿qué es la vida? Un sueño, puro juego, pura invención. Como el amor; hay que inventarlo cada día, cada rato, cada hora y …vivirlo. ¿Y el tiempo? Mejor vivirlo que medirlo. Las horas vuelan como pájaros y los minutos se marchitan como flores, huyen como ríos.
- De la muerte renacemos, susurró dulcemente Rosario -adivinando sus vagaciones-, como el sol: muere para volver a nacer.
- Sí, le contestó, pero sólo el amor puede encender lo muerto. Y reflexionó: El amor aparece así, como la luna brillando sobre el desierto, en la oscuridad nocturna de nuestra existencia. Y los sueños, las ilusiones, vuelan como pájaros, como nubes, fugaces, pasajeros, vuelven del más allá a desvelarnos el corazón. Él palpita y canta y el alma, el espíritu, sueña y baila. Sin brazos y sin piernas mi cuerpo parecerá un cohete y vosotros seréis las estrellas. Vosotros, sueños, que no sois sino como los minerales, estrellas hundidas, enterradas, esperando el pique, el martillo...

 Siempre habrá un piano vibrando, cantando solo en el desierto, en la tierra de nadie, en la tierra de ensueño mojándonos el alma. ¡Quien te arrancara tu supremo acorde, tu sublime melodía! ¡Quien te despertara el alma y te hiciera cantar los misterios escondidos, los sueños olvidados, las ilusiones perdidas, para que florezca el desierto de nuevo! Y recordó los versos del poeta: “No me siento solo en la noche,/ en la oscuridad de la tierra…/ Tengo en mi voz la fuerza pura/ para atravesar las tinieblas./ Muerte, martirio, sombra, hielo,/ cubren de pronto la semilla./ Pero el maíz vuelve a la tierra / Desde la muerte renacemos.”

IRINI LAMBROPULU

[CUENTO PRESENTADO EN EL CONCURSO DE CUENTOS DIA E, INSTITUTO CERVANTES 2013]